Sobre la “conquista afectiva”

Un territorio/persona tiene sus banderas propias, aquellas que deslindan su identidad, su yo, su ser. Le pertenecen, porque al igual que las pequeñas aldeas hasta las grandes civilizaciones contemporáneas, hay historia y acontecimientos que han gestado una patria/ego. Es, desde luego, el sentido de su existencia. Viven y existen por sí y para sí. Descartamos entonces que la conquista, en este plano, será una toma de posesión pacífica de un espacio sin reclamar, vacío y desprovisto de resistencia. La conquista del territorio/persona, es de por sí, una acción violenta y fascista, porque impondrá la transacción, a fuerza, de los universos simbólicos del conquistador, a cambio de una parte relativamente importante de la integridad presente del territorio/persona conquistado. 

7th Octubre, MartesReblog
Si el amor es algo que nos pasa (una pasión); si no hay acto intencionado alguno capaz de exteriorizarlo inequívocamente o de transmitirlo (en la acepción de la transitividad); si, por el contrario, es posible que a cada momento seamos malinterpretados o que nuestro amor pase inadvertido o que debamos alimentarlo en secreto; si todo esto es posible, entonces habría que decir que se trata de un acto que tiene sus raíces más allá de lo objetivamente dado y que, en este sentido, es un acto in-objetable (trascendente).

— Humberto Giannini en “La Reflexión Cotidiana”.

2nd Octubre, JuevesReblog
Hoy, ya lejos del fragor de esta pasión, puedo decir que te amé; te amé, así como el lobo amó al cordero.
24th Septiembre, MiércolesReblog
Almas domiciliadas y almas callejeras (A propósito de Penélope y Odiseo)

Hay algo característico en la vida de Penélope y Odiseo, y es que ambos caminan, cada cual a su manera, al encuentro del otro. Historia de un reencuentro (o de un desencuentro) a través de un tiempo que se ha vuelto ruta, vía de acceso para realizar una esperanza común, domiciliaria.

Hablemos primero de Penélope, la joven esposa que se las arreglará durante veinte años para distraer el tiempo cotidiano, tejiendo de día y destejiendo de noche, en la ilusión vaga de divisar una mañana en el horizonte la nave con Odiseo de regreso a casa.
Penélope no puede hacer nada por el reencuentro sino esperar. Lo que significa: asumir una disposición que mira, para decirlo así, por encima del hombro cuando aparece, cuanto se le acerca, tendiendo ese mirar hacia el horizonte de un porvenir lejano; asumir la porfiada disposición de quien no sólo espera sino que quiere olvidarse de que espera, que no quiere descubrirse un buen día no esperando nada.
Esta es la sustancia de la fidelidad a un recuerdo. La espera propia de la esperanza, podría decirse. Para lo cual, sin embargo, la heroína lleva una relativa ventaja, hay que reconocerlo: la de estar allí, asistida, sostenida por toda una constelación de cosas familiares, de referencias fijas y exactas que cada mañana parecen reconstruir espacialmente la biografía vertical de su identidad y que, vueltas silenciosamente hacia ella, están como invitándola a que siga siendo lo que fue la noche anterior.

Penélope -y no por el hecho de ser mujer sino por el modo específico de relacionarse a un tiempo re-flexivo y protector- simboliza la vida domiciliada, con todo lo que eso implica.
Este punto ya lo hemos examinado: el domicilio, además de ser punto concreto por el que se cierra y se abre el ciclo del proyecto cotidiano, simbólicamente es también regreso a lo más profundo de nuestra intimidad. Decíamos: al reencontrar las cosas familiares, que esperan en su sitio a que las llame a ser (como el perro espera a su amo), tengo el sentimiento de reencontrarme con lo más íntimo y propio de mí, antes disperso y desgastado en el trajín del tiempo público.
Así, Penélope va hilando en el claustro domiciliario esa casi inexpugnable unidad de su ser. Y sería verdaderamente inexpugnable si desde el exterior no se infiltrara el presente con su imprevisible danza de acontecimientos; o si de noche no se infiltraran en el alma esos sueños perturbadores, no permitidos, que arriesgan hacerla olvidar justamente esa fidelidad con el pasado.
Para protegerse, Penélope se entregaba, pues, día a día a una actividad que por lo demás era, en el mundo antiguo, muy propia del grupo doméstico: la actividad del tejido. Pero la heroína tejía para protegerse y esperar. Esa es la cuestión.

Pensemos ahora un momento qué vínculo cabría establecer entre la actividad del tejido y esa disposición de quien se ha impuesta la espera -cierto tipo de espera- como un modo de vida.
Puede resultar inquietante, hasta incómoda, la actitud de quien teje mientras participa, por ejemplo, en una conversación. ¿Por qué? Tal vez por ese modo ambiguo de estar en el presente, podríamos responder; por la opacidad de su compromiso efectivo y afectivo con lo que está pasando a su alrededor. Pues, con estas idas y vueltas entre el tejido y nosotros, nunca se sabe hacia dónde se nos escapa la tejedora, a qué ilusiones o añoranzas secretas se entrega.
Tejer es un modo de contar el tiempo. Ahora bien, es un hecho que Penélope, al tejer y contar el tiempo, lo distrae, lo hace pasar; y que sólo así se mantiene ella misma en el hilo de un tiempo sin contenido, en un tiempo que en realidad no cuenta. Por otra parte, así se mantiene en el límite entre una vida exterior que está presente y ausente a la vez, y esa vida interior que la llama a gritos. Y todo esto medida, controladamente; con una serenidad oriental conmovedora.

Pero, ¿qué pasaría si Penélope detuviera su mirada en lo que pasa ante sus ojos; si distraídamente cruzara su vista, por ejemplo, con uno de esos pretendientes que la cortejaban? Es muy probable que el proyecto de esperar rodara por tierra junto con el tejido que lo hace posible. Pues la heroína griega tiene la frágil inmunidad de esos sacerdotes que, recuerdo, hace algunas décadas, para no embarcarse en las tentaciones del mundo, iban en el bus o en el tren absortos en recorrer las cuentas de su rosario. También ellos atravesaban el presente aferrados al hilo mágico que los mantenía ligados a la espera de un Dios incompatible, a su entender, con los acontecimientos del bus.

Para terminar esta primera reflexión: Penélope, además de ser ese personaje único que es, simboliza un modo de ser de la existencia humana: al alma que se preserva contra la contingencia del mundo, contra lo que pasa, mediante una verdadera institucionalización de referencias fijas, inmóviles, a la mano, que le permiten retomar cada mañana, sin trizaduras ni perplejidades, ese mismo ser que se era ayer. Llamábamos estructura domiciliaria a una tal institucionalización. La familia, el Estado, la patria y la Iglesia son así instituciones domiciliarias.

Habría que reconocer ahora que la condición de navegante a la deriva de Odiseo pertenece no menos radicalmente que la anterior a la estructura posible de una existencia, incluso si miramos ésta en las pequeñas peripecias del trayecto cotidiano.
Odiseo concurre a la guerra de Troya: diez años duran asedio y destrucción de la ciudad; otros diez, el viaje de regreso a casa. Esa, su odisea; y mucho se ha hablado de su sentido. Fue en virtud de ese viaje, lleno de imprevistos, prodigios y tentaciones que su vida se volvió, para la visión medieval de las cosas, símbolo de la inconstancia y del olvido culpables. Un alma callejera como la suya jamás habría de volver al punto de partida; irremediablemente tenía que perderse en cualquier encrucijada. Para el hombre contemporáneo, en cambio, este regreso largo y casi imposible ha llegado a significar más bien la difícil coincidencia del alma consigo misma. El drama cotidiano de la identidad. 

Sean cuales fueran las alternativas del viaje y la evaluación moral que merezcan, es innegable que debe de haber sido difícil para Odiseo juntar los días, uno tras otro, y cada mañana reconstruir el paisaje, mantener un proyecto, el rumbo, en medio de cosas que aparecen y desaparecen en el horizonte, en medio de un cielo infinito que repentinamente puede borrar o trastornar las referencias; en medio de prodigios y fraudes divinos; debe de ser difícil mantener a flote el recuerdo de a dónde vamos, y lo que es más grave: por qué, para qué vamos. Difícil, en resumen, no perder el hilo de nuestros actos identificatorios, en virtud de los cuales uno se va diciendo a sí: “Es evidente, voy por el mismo camino de ayer y hacia el mismo”.

Odiseo, vagabundo por “lo gran mar dell’ Essere”, como diría Dante en el Paraíso, diez años se expuso a los riesgos del camino, a las tentaciones de la visión, a salirse de la ruta prefijada tras el canto seductor de una sirena o tras el misterioso vuelo crepuscular de una lechuza; asistiendo, en fin, con su corazón y sus ojos, al aparecer renovado y profundo que trae cada mañana.

Humberto Gianinni, en La Reflexión Cotidiana: Hacia una arqueología de la experiencia.

13th Septiembre, SábadoReblog
Olvidar lo que es el espacio, el tiempo y vivir; perder la noción de lo que es la noción de perder. Si un día hubo alegría de conocer, hoy canto con el dolor de no tener.

— Paulinho Moska en “Admiracão”

9th Junio, LunesReblog
los cerdos también tienen anorexia.

los cerdos también tienen anorexia.

20th Abril, DomingoReblog
Oliver tenía una teoría que llamaba “Amor, etcétera”: en otras palabras, el mundo se divide entre las personas para quienes el amor lo es todo y el resto de la vida un mero ‘etcétera’, y las personas que no valoran el amor demasiado y para las que la parte más interesante de la vida es el ‘etcétera’.

— Julian Barnes en Amor, etcétera.

16th Abril, MiércolesReblog
La ansiedad es el mayor asesino del amor. Crea las fallas. Hace que los demás se sientan como si un hombre ahogado intentase aferrarse a ti: quieres salvarlo, pero sabes que te terminará estrangulando con su pánico.

— Anaïs Nin. 

10th Abril, JuevesReblog
Cómo es morir de soledad

Morir de soledad es llegar a tu lugar y aun así sentirlo ajeno. Comer y aun así tener hambre; Pensar en que mañana algo interesante pasará, pero no pasa.

Es defraudarte tantas veces que ni rabia ni pena queda.

Es −mientras días, semanas y meses avanzan− aprender el tiempo de memoria y darle una rutina a los pensamientos.

Saber que pasada medianoche hay que servirle el té a los fantasmas.

Es derrotarse ante la madrugada, apagar las luces y exhalar la última bocanada del cigarro. Desnudarse a tientas, cerrar las cortinas y recordar qué cosas se harían si el desgraciado desahucio habitase otro corazón.

Antes de dormir; antes de ahogar a la conciencia con el certero estrangulamiento que proporciona el sueño, se busca a los culpables: El chivo expiatorio que toda pena utiliza en su leitmotiv.

Y como el peor estudiante de la clase, nunca aprendes, aunque te lo repitan cada noche mientras apoyas la cabeza en tu almohada, que la soledad no tiene verdugos porque ella hace de tal contigo.

Sientes el vértigo y que la cama en la que yaces no es capaz de contener tu cuerpo exhausto de sí.

Entonces agradeces que el día sólo tenga veinticuatro horas y ni un minuto más. Suspiras. Cierras los ojos y la muerte te comienza a acariciar. Sueñas la soledad que te quitará la vida al despertar: tú, sin rostro ni identidad.

25th Febrero, MartesReblog
Del porqué nos gustan los objetos distantes

Los objetos distantes nos gustan, porque, en primer lugar, implican una idea de espacio y magnitud, y porque al no interferir en la mirada su excesiva proximidad, les revestimos con los indistintos e inmateriales colores de la imaginación. Al contemplar las brumosas cimas de las montañas que dibujan el horizonte, la mente parece tomar conciencia de todos los objetos e intereses concebibles que hay entremedio; imaginamos toda clase de aventuras en el intertanto; forzamos nuestras esperanzas y deseos para alcanzar la brisa del aire, o para “divisar nuevas tierras, ríos y montañas”, extendiéndolas mucho más allá: nuestros sentimientos, ya libres de sí mismos, se despojan de su tosquedad y su blindaje, volviéndose más fluidos, se expanden, se funden en la suavidad y brillo de la belleza, para luego convertirse en una región etérea, teñida de cielo. Bebemos el aire que tenemos delante y tomamos prestada una existencia más refinada de los objetos suspendidos al borde de la nada. Cuando el paisaje se desdibuja en el entorno oscurecido, llenamos el espacio tenue e invisible con formas de bondad desconocida y teñimos la confusa perspectiva con esperanzas, deseos, y con los temores más fascinantes.

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17th Febrero, LunesReblog